Ci Penso Io...!
COLABORAMOS
SITIOS AMIGOS
NOS APOYAN
Counter
Month1013
All331874
Login
Cerca
Viaje por Italia (21) por A. de Azcárraga
Viaje por Italia (21)
Pg. 175.
...
"Vista de lejos semejaba el lomo de un gigantesco camello. Una de sus jorobas la forma el cabo que se enfrenta, a través de un pequeño estrecho, con la península de Sorrento; la otra, mucho más voluminosa y elevada la constituye el monte Solaro. En la depresión entre ambas se agrupa el pueblecito de Capri, y mucho más arriba, sobre un bastión del monte Solaro, se asienta Anacapri, el otro poblado de la isla.
Al pie del Solaro, a nivel del mar y penetrado por sus aguas, vimos el pequeño agujero, de poco más de un metro de alto, que da entrada a la Gruta Azul. En sus proximidades nos esperan veinticinco o treinta barcas de remo, que nos rodearon al llegar. Nuestras embarcaciones ajustaron unas escalas al costado y por ellas fue trasladándose el pasaje a las barcas.
El transbordo se hacía con suma rapidez. Dos marineros arriba y el barquero abajo ayudaban a los turistas y, como el oleaje balanceaba un poco las embarcaciones, tomaban en brazos a los vacilantes o menos hábiles.
Cargada ya la barca, el barquero, con unos golpes de remo, se aproximaba a la boca de la Gruta y, antes de entrar, obligaba a los turistas, cogiéndolos o empojandolos, a tumbarse en el fondo.
Tan expeditivo proceder venía forzado por a diferencia de idioma y para evitar que los turistas se golpearan la cabeza contra el rebajadísimo tunel de acceso, que había que enfilar rapidamente para no ser desviados por las olas.
Fue en esta maniobra de entrada cuando Pajarito Frito, que iba en la barca delantera a la nuestra, se cayó al agua. No del todo; ella se había incorporado en el peor momento y, al recibir el empellón del barquero, perdió el equilibrio. Se apoyó en la borda, pero basculó y metió en el agua la cabeza y parte de los hombros.
John y yo, desde nuestra barca, alargamos los brazos y crepo que John llegó a tocarle la melena; pero ya su barquero la había cogido y la izó rapidamente. Todo quedó en un simple remojon; y la pobre chica aun nos dirigio, mientras se secaba la cara con un pañuelo, una sonrisa de agradecimiento por nuestro inútil gesto.
--Tenía que hace su numerito – comentó después Harriet ---. Se estaba haciendo la interesante desde anoche.
--- No me dirás que se ha caído adrede – dijo John.
-- No estoy segura. Ni de que el caballero al que guardaba asiento en el barco no fuera un producto de su imaginación.
El paseo por la Gruta fua algo visto y no visto. La acumulación de turistas era considerable y allí dentro no podían evolucionar más de tres o cuatro barcas. Así, todo quedo reducido a entrar, dar una vuelta y salir. Ni siquiera los remeros, según costumbre, cantaron barcarolas. Pero valía la pena.
La Gruta azul es una caverna abovedada de una anchura de treinta metros y una altura de quince.
Su tamaño, pues, comparado con las grutas mallorquinas, es ridículo, y carece también de su bella decoración de estalactitas. Todo su encanto, real e indiscutible, proviene de la magia de la luz.
Cuando el sol esta en alto –las horas en torno al mediodía parecen ser las mejores--, son escasos los rayos que pueden penetrar por la angosta abertura. De estos rayos, unos se reflejan sobre la superficie líquida y colorean las paredes con su azul; otros atraviesan el agua, de una transparencia absoluta en sus cincuenta metros de profundidad y, al reflejarse sobre la blanca arena del fondo, dan a la masa líquida una extraña opalescencia.
Harriet sumergió un brazo en el agua e instantaneamente apareció cubierto de puntos brillantes, con pálidas perlas. Y no era sugestión causada por la belleza de su torneado brazo; el vulgar remo de la barca ofrecía el mismo sorprendente fenómeno.
En tiempos de Tiberio no podría observarse tal efecto. La caverna, entonces a más alto nivel, no estaba invadida por las aguas, lo que permitió al emperador acondicionarla para sus festines, con nichos excavados en la roca y estatuas de divinidades.
Después, a lo largo de los siglos, un lento y persistente fenómeno –bradisismo lo llaman los geólogos--- ha provocado el hundimiento de la gruta y de todo el promontorio.
De la boca pasamos de nuevo a la gasolinera, que nos llevó a la Marina Grande de la isla, donde desembarcamos y, desde este puertecillo, un funicular nos subió a Capri, que está a cien metros de altura. Para subir hasta Anacapri, que está a trescientos, ya no hay funicular.
Capri es una población muy linda y coquetona, con calles tortuosas y casa blancas de uno o dos pisos. En algunas lujosísimas boutiques, tan elegantes como las de Paris o Roma, con amplios escaparates que ocupan toda la planta baja.
En la plaza del pueblo había unos autobuses, de aspecto un poco estrambóticos para subir a Anacapri.
Eran descubiertos, para que el pasajero viera mejor los panoramas del trayecto, y ridículamente estrechos, porque la carretera, tallada en parte en roca viva, es muy angosta y los autobuses del tamaño habitual no podriían cruzarse en el camino.
Subimos a unos de ellos, ya casi totalmente ocupado por un grupo de turistas italianos. No era autobus de línea; pero la señora que hacía de cicerone de este grupo nos dejo tomar asiento en él.
Esta amable guía tendría unos sesenta años, una bonita cabeza de ondulado pelo blanco y un aire simpático y juvenil.
La carretera que asciende hasta Anacapri iba serpenteando entre frondas y vergeles. La península de Sorrento y la bahía se ofrecían a cada vuelta bajo nuevos ángulos.
Sus formas armoniosas, la pureza del cielo la diafanadidad del aire, el arbolado y la vegetacion, todo lo que iba descubriendo según trepaba el grotesco carricoche, me hacía pensar en la luminosa Grecia imaginada y nunca vista. Pero John, que sí que había estado, la evocó durante el trayecto: – Todo este panorama-- es perfectamente griego.
La cicerone nos señalaba las villas de personalidades famosas: ...la de Ginger Rogers, la casa en que vivió Gorki, el hotel donde pasó el rey Faruk su segunda luna de miel...
También nos señaló los restos de la villa de Augusto, el emperador que hizo de Capri su dominio privado, y la mansión donde su sucesor, el misterioso e hipocondríaco Tiberio, paso los últimos años de su vida. Y, como era inevitable, hizo alusión a las orgías que allí celebraba.
Yo me permití mostrarme escéptico: – Sospecho que esos libertinajes son pura fábula. Cuando Tiberio se retiró a Capri no debía estar muchas lozanías. Tenía cerca de setenta años.
--- Eso no es un motivo --- me replicó la guía.
--- ¿Usted cree?
--- Señor, yo soy casada--- declaró con una sonrisa de suficiencia.
--- Mis parabienes señora –le dije, pues ya no se me ocurrió otra cosa que decir.
Pero ahora, aunque me sonreía interiormente al recordar el tono categórico con que pronunció Signore, io sono sposata, pienso que la primaveral señora estaba en lo cierto.
Al fin y al cabo, la edad no es un obstáculo para la supervivemcia de la afición.
Anacapri, con sus casitas encaladas, tiene algo de oriental. Sus cuidados y floridos caminos zigzagean por entre villas muy lindas, enclavadas en unos rincones de ensueño. Nosotros echamos a andar por el viale Axel Munthe, ancho sendero umbroso y flanqueado de tiendecillas con chucherías y recuerdos.
Al final de este camino dimos con la villa que Harriet buscaba, la que construyó Axel Munthe sobre los restos del convento San Michele.
La cifra más alta que he pagado en España por visitar un monumento fue en el Palacio Real de Madrid --- que no lo vale---; la más alta en Italia fue por esta Villa San Michele –que tampoco lo valdría a no ser por su jardín y panorama--.
La casa, espaciosa, estaba amueblada con muebles antíguos y adornada con estatuas, fustes de columnas y fragmentos de marmoles hallados en la isla. En el dormitorio habia una estatua de Apolo y otras de febos. Y en la pared de la habitación contígua aparecía escrito, en francés un lema: Oser, Vouloir, Se Taire.
Esta casa, y sobre todo su jardín, escalonado en la montaña, daban una grata impresión de paz, como toda la isla. Era una autentica delicia pasear por aquella umbria aspirando su fragancia y, desde la pérgola, contemplar alla abajo el caserío de Capri, la península sorrentina y la inmensidad azul de la bahía.
En esta casa y este jardin vivió bastantes años el célebre doctor sueco Axel Munthe, médico de reyes y gran amante de los animales, del que todos ustedes habrán leído su famoso libro autobiografico "La Historia de San Michele", que ha llevado a Capri más turistas que la leyenda de Tiberio.
Y por cierto, que si hace muchos años que leyeron ese libro y les gusto, como a mí, les aconsejo que no lo vuelvan a leer.
Es libro para leer en la primera juventud; y me temo que si ahora lo leyeran es parecería un monumento de cursileria, de cursileria narcisística. Y no digo mas, aunque lo pienso. Aquellas estatuas en el dormitorio, aquella inscripción puesta por el doctor en la pared...
Esto que digo me abstuve de manifestarlo entonces por consideración a Harriet, de nacionalidad sueca como el doctor Munthe. Pero Harriet, que también había leído el libro, me hizo un comentario, tal vez de más alcance del que lla misma le concedía:
– Es un libro muy interesante, pero en el que me parece que hay demasiadas páginas dedicadas a bichos. Axel Munthe tenía por los animales el amor de una solterona inglesa.
Comimos en el mismo Anacapri, en el hotel San Michele, al borde del acantilado. Desde los ventanales veiamos la estatua de Tiberio, que presidía un jardin vecino, y al fono la mole cónica del Vesubio. La isla carece de agua y quizá por eso era tan bueno el vino. El que a nosotros nos sirvieron era de la Vinicola Tiberio. Allí lo que no se refiere a Axel Munthe se refiere a Tiberio; ambos personajes llenan todas las crónicas de la isla.
Cuando bajamos a Capri hallamos reunidos en la plaza los mismos turistas con los que habíamos subido, ya dispuestos a montar en el pintoresco autobus para ir a Marina Grande y embarcarse. Pero el conductor del vehículo y otro de un coche particular estaban ensarzados en una inacabable discusión sobre quién debía maniobrar primero para dejar paso al otro.
Les rodeaba un buen corro, del cual formaba parte la amable y juvenil guía. El urbano de la plaza, muy próximo también, miraba sonriente y sin la menor intención de intervenir.
Las voces, gesticulacion y modo de argumentar de ambos contendientes era algo graciosisimo, de pelicula de Aldo Fabrizi; ambos se mostraban muy enérgicos y ninguno parecia dispuesto a ceder. Pero la guía que no queria perder más tiempo, presionó al conductor de su autobus, quien subió refunfuñando al volante para hacermarcha tras y dejar paso al otro.
Entonces la señora, con triunfal sonrisa, aclaro a los turistas que dirigia_:_ – Este espectaculo, no previsto en el programa, es absolutamente gratuito. De las dos parejas japonesas que habian venido en nuestra embarcacion, una partía en el autobus y la otra se quedaba en Capri, y su despedida fue la más cortés y delicada que haya visto nunca.
Puestos de frente, con esquisita sonrisa de amabilidad, cada caballero con su dama al lado y los cuatro con los brazos pegados al cuerpo se inclinaron varias veces ceremoniosamente, y la pareja que quedó en tierra, no dejó de mirar en dirección hasta el vehiculo hasta perderlo de vista. Nuestro occidental apretón de manos, junto a la finura y delicadeza de este saludo oriental, me pareció un gesto rupestre.
La travesía de vuelta transcurrió sin novedad, aunque el balanceo de la embarcación era más pronunciado que a la ida. Pajarito Frito, esta vez, iba de conversación con un señor macilento, de cierta edad, y parecía más animada. La hidroterapia le había sentado bien.
Un acordeón volvio a tocar Santa Lucia y el marinero de la voz sorda y profunda cantó de nuevo:
Venite all'agile,
barchetta mia...
Barchetta mía... – repetia yo maquinalmente--. ¿Quién no tiene su barquita? Todos tenenos nuestra barquita imaginaria y todos esperamos que llegue, veloz y airosa, con su pacotilla de felicidad.
Luego... Luego llega lo que llega; Pajarito Frito, por ejemplo, debía esperar una barquita fuerte y gallarda, y al final, había tenido que conformarse con un lanchon desvencijado. Cualquier cosa es buena con tal de no hundirse.
A nuestra arribada vi ponerse el sol por la parte del mar, lo que para un vecino de Valencia no deja de ser una novedad. Y no sé si por influjo o en recuerdo de la estancia de Wagner en Sorrento, aquel ocaso, con los rayos solares perforando y coloreando las nubes de bermellones y violetas, fue un ocaso verdaderamente espectacular, wagneriano.
(sigue...)Work in progress...